Por Daniel Antileo

Luego de ver, escuchar y leer en cada medio, estas últimas semanas, sólo de fútbol, de la copa América, las entradas, las “figuras”, alineaciones, entre cuanta otra cosa más,  resulta imposible no ahondar en el tema y hacer una reflexión que la he pensado cada vez que veo a esos 11 jugadores en el campo de juego, y a esa hinchada, que con el pecho ridículamente inflado, canta el himno nacional, como si fueran a la guerra a defender las fronteras.

Quiero ser puntual en este asunto de la copa América. Mencionaré sólo su estrecha relación con el capitalismo, si es que son pares, porque podríamos considerar, que este torneo no existe sin el  segundo elemento.

He visto el precio de las entradas, las condiciones para comprar, los sistemas de ventas, donde prácticamente te obligan a la adquisición de una tarjeta de crédito, o a afiliarte a una entidad bancaria, condición que establece dos opciones; o tienes el dinero suficiente, dinero que está al alcance de tu bolsillo para comprar el “pack” de entradas, o bien, tienes esa siempre bien vista salida de pago en “cómodas cuotas” a un plazo de 12 meses (incluso más). Sistema que ha permitido ganar muchísimo dinero a todas estas empresas que se han ligado al fútbol como parásitos, cuando han visto en este lindo deporte, una oportunidad de llenarse los bolsillos.

Es de esperarse, por otro lado, que las camisetas de Sánchez, Vidal, Valdivia y todas las figuras suban considerablemente sus precios. He visto tiendas llenas y otras ya sin stock de artículos de la selección chilena, y nos han llamado a consumir para hacernos parte de este espectáculo que es el futbol, nos dan dado opciones de endeudamiento pensado en el fútbol, y en hundimiento del más pobre, y peor, lo más terrible no son todas sus ofertas, son nuestras demandas, son nuestras aceptaciones, nuestras intenciones e ímpetu de comprar camisetas de 30mil pesos, pagando entradas revendidas en 80mil pesos. Nos han obligado a llenarle los bolsillos a cambio de una fiesta, el fútbol.

Han endiosado a jugadores, vendiéndolos como ejemplos para nuestros niños. Ejemplos de superación de pobreza, de surgimiento económico básicamente, de comercialización como un producto, profundizando aún más, como si no fuera poco, el excesivo individualismo y materialismo. No existe otro motivo, y lo han logrado. Siempre en las calles de las poblaciones se puede ver jugando a esos niños que sueñan con ser  Alexis Ensanche o Arturo Vidal, porque les han inculcado que tener dinero es ser grande y exitoso, que manejar un Ferrari económicamente inalcanzable es importante y te hace ganador en un país que en ningún aspecto conoce de triunfos. Que no importa tus condiciones intelectuales, incluso el tú, como persona. Sólo importa el producto que puedas llegar a ser, el producto que ellos puedan llegar a vender.

Pero estas cosas no son del fútbol. Yo he jugado toda mi vida en canchas de tierra y piedras, y comprendo que estas cosas no corresponden a la identidad de nuestro fútbol, que esto nos lo ha impuesto el mercado, el capitalismo, que nos ha vendido jugadores y entrenadores, que nos ha puesto como el mejor cliente en éste, su gran negocio.

Personalmente, he comprendido el fútbol desde mis raíces, allá donde no existen las figuras, o estas se pierden entre tanto polvo, donde cada fin de semana duelen los mil pesos para pagar la camiseta. Donde lo más caro en el almacén que está dentro de la cancha, son los completos que no superan los 800 pesos. Por allá donde no hay auspiciadores, ni medios de comunicaciones ni periodistas hostigosos. Yo hablo desde el polvo, las piedras y el barro, yo hablo de fútbol, no de negocios.

Finalmente, debo admitir que me parece insólito… porque el pan no puede ser más crujiente, ni el té más dulce cuando impera un sistema de desigualdad. No puede ser que mientras miles de profesores marchen por las calles por mejores condiciones laborales, otros se encuentren celebrando en plaza Italia. Que mientras el país sufre una crisis política, estamos comprando entradas para una posible final en 100mil pesos. Que mientras algunos deban esperar tres horas para conseguir atención en algún centro de salud de barrio, otros prefieran pagar por esperar una hora para ingresar a ver un partido.

Yo hace años que espero un pan más crujiente y un té más dulce, creo que muchos lo esperamos, creo que muchos tenemos hambre de justicia social.

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