[iconheading type=»h1″ style=»fa fa-comments»]por: Daniel Antileo[/iconheading]

Los distintos gobiernos de turno, tanto los de la concertación –hoy, nueva mayoría- en el período de “recuperación de la democracia” durante 20 años y la derecha chilena con Sebastián Piñera a la cabeza, en su afán imparable por disminuir la percepción de temor y la cantidad de hogares victimizados, han instaurados distintas líneas de acción para el combate contra la delincuencia, ejerciendo tanto el poder coercitivo, estrategias de detección temprana, de prevención de diversa índole y fiscalización. Acciones que se han mantenido a lo largo del tiempo y que resultan poco innovadoras y de un escaso conocimiento de las múltiples realidades poblacionales.

Una de las líneas de acción que nunca falla, o que por lo menos, en términos presupuestarios, siempre se encuentra vigente y latente –como si los resultados nos avalaran de seguir siempre en lo mismo- corresponde al concepto de la prevención situacional, que de manera simple, corresponde a un conjunto de estrategias orientadas a revertir la percepción de inseguridad en los espacios públicos mediante la modificación de las características del ambiente físico, y surge cerca del 1976 cuando Ronald Clarke era director del Departamento de Investigaciones en Gran Bretaña. Así se han plasmado otros tantos indicios como “la teoría de la ventana rota”, o los mismos estudios que se realizaban en Estados Unidos sobre la prevención situacional criminal a través de las modificaciones del ambiente físico.

Claramente, unas las medidas o estrategias que deben implementar los gobiernos, o más bien, el Estado –pensando en una solución en el largo plazo- es la prevención situacional, sin embargo, al momento de contrarrestar que tipo de costo implica, con otras formas preventivas, es evidente, que el costo por beneficiario es mucho menor que la aplicación de un tratamiento psicosocial, donde para que sea realmente eficiente, es necesario contratar un staff interdisciplinario de profesionales, para solo un menor. Es entonces, la prevención situacional, y esta “mejora del ambiente físico” en los distintos barrios, la aplicación de estrategias cortoplacistas, que sirven en la foto, pero que con el paso del tiempo, vuelven a ser verdaderos focos delictuales.

Personalmente, creo que nos hemos obsesionado en la recuperación de sitios eriazos y espacios públicos –cuestión que no está del todo mal- instalación de alarmas comunitarias, luminarias, creación de multi canchas, skatepark y cámaras de televigilancia. Pero es imposible no cuestionar las apariencias. Me ha tocado caminar en sectores, en los cuales es más fácil encontrar una botillería que una escuela o un consultorio. Sin embargo, tenemos las plazas intactas, con pasto muy verde y frondoso, bancas recién instaladas e impecables, y máquinas para hacer ejercicios, comparando con el barrio alto, donde se vive esta realidad. Pero existe una diferencia del porte de un buque. Y es que en Las Condes, en Lo Barnechea y Vitacura las casas no se caen a pedazos, las condiciones habitacionales son perfectas.

Es entonces la prevención situacional un arma de doble filo, que intenta reflejar el trabajo que hacen los gobiernos centrales y también los gobiernos locales para disminuir no sólo la delincuencia en ese concepto de “la ocasión hace al ladrón”, sino también para revertir las pésimas condiciones en que se encuentran miles de barrios no sólo a lo largo de Chile, sino de toda América Latina.

De todas formas, creo que las características del ambiente son importantes, y se debe trabajar en ellas. Pero hay que situarse en los distintos contextos, en las diversas realidades locales y barriales. No puede ser una prioridad la construcción de plazas, de millones invertidos en luminarias, cuando las personas que habitan el perímetro reciben una miseria en sus remuneraciones, cuando deben levantarse a las 5:00 am para lograr una atención de pésima calidad en el consultorio. Mi pregunta es de qué le sirve a la gente tener una plaza hermosa, llena de juegos, cuando sus pequeños/as hijos/as reciben una educación en la que en realidad, nadie esperaba nada de ellos/as.

Lo anterior es sólo una de las contradicciones que posee la prevención situacional, no como concepto, sino de cómo las estrategias de seguridad pública anuncian sus prioridades para reducir los delitos, en un ámbito global.

Otra no menor, es que cuando se invierten tantos recursos en la construcción de una plaza – la mayor cantidad de estas actividades, son financiadas desde el gobierno central hacia el local- no existe otro objetivo que el simple hecho de recuperar el espacio. Pero tampoco hay un pensamiento a mediano plazo, no existe ni siquiera una supervisión de esa plaza, que –linda y bien implementada- es perfecta para beber alcohol y consumir droga en las noches, y por las mañanas no existe mantención, pues el Municipio se jacta de la escases de recursos.

Por tanto, ¿Qué se espera en nuestra aplicación de la prevención situacional? Que corten la cinta, se vayan a sus cómodas oficinas, y con el paso del tiempo veamos cómo se seca el pasto, como se deterioran las cámaras de televigilancia, como las alarmas comienzan a fallar, como las luminarias sin una mantención periódica, dejan de dar seguridad, total el próximo año se vienen las municipales, volvemos a construir plazas (una y otra vez) volvemos a arreglar las veredas, volvemos a trabajar en lo que es pan para hoy, hambre para mañana.

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