Desde el 2013 –año en que se gesta la organización- hemos trabajado en pos de una mejor legua, y al margen de cualquier discurso populista de esos que nos encontramos hoy día entre tanto candidato que “quiere cambiar la población”, hemos desarrollado una labor tremendamente agotadora, en ciertas ocasiones sumamente ingrata y desgastante, pero a su vez llena de afecto y compromiso social.

Hemos hablado poco de política, porque en general los sectores políticos se han olvidado de la gente, y suele ser más interesante esa rencilla interna o esa lucha siempre tan ególatra de personajes endiosados, que el hecho de lograr algún impacto en el barrio. Hemos hablado poco de política, no porque nos denominamos “apolíticos”, sino porque nuestra forma de hacer política es la que todos ven. Es una forma más indirecta, menos violenta e invasiva que llegar a presentarnos con un cartel y un rostro figurón a pedirle su voto “para mejorar sus condiciones”. En términos prácticos, no nos interesan las promesas, porque siempre desencantan y desilusionan, y porque a lo largo de estos tres años de trabajo, nos hemos enfocado en el “hacer” y no en el “prometer”. En lograr mejorar ciertos elementos del barrio y ser un red de apoyo para nuestros/as vecinos/as.

A diferencia de muchos que hoy festinan con La Legua, nosotros somos convencidos que esa lucha “de surgir” no es más que un paradigma impuesto por este sistema neoliberal, y que lo que hoy apostamos no es cambiar la población, sino más bien, que nuestro barrio resista ante el sistema que nos ha robado nuestra identidad, que nos introdujo la droga y hoy tiene a gran parte de los jóvenes y adultos consumiendo pasta base, que nos instala un consultorio sin agua potable, que nos desvirtúa los sentidos y permite que creamos que mi vecino que vende drogas es mi enemigo.

Nuestra lucha no es contra la legua, y ello implica que no queremos cambiarla, porque ese acto sería robarnos el nombre, nuestra identidad y sentido de pertenencia. Nuestra pelea no es contra nuestro vecino que vende drogas, con el que hoy roba o con el que no puede salir de la droga, nuestra lucha es «con ellos», y también con los niños que hoy corren arrancando de las balas, y se encuentran propensos a ser soldados a sus cortos 13 años. Ellos son nuestros aliados en una batalla gigantesca, contra el duro afán de aplastarnos y robarnos la memoria a nosotros y cientos de barrios más.

Por eso tan común ver autos de lujos en las poblaciones, tanta cadena de oro, tanto “rusio” y ropa de marcas que jamás nos serían asequibles. Ello es sólo un fiel reflejo de lo que nos han hecho, de todo lo que nos quitado y nos han impuesto como importante. El dinero nos ha convertido incluso en enemigos de nosotros mismos.

Nuestra lucha es instalar una semilla de resistencia. Una semilla que crezca con el tiempo y que permita que todos los barrios le doblen la mano al sistema. Es una disputa tremendamente ambiciosa, excesivamente abrumadora, pero es una lucha justa y necesaria, por nosotros, por nuestros padres, nuestros abuelos/as, por todos/as aquellos/as que dieron su vida por una alegría que nunca llegó. Por nuestros hijos/as y nietos/as, que la semilla se siembre y coseche.

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