Hace años que veo la legua emergencia rodeada de carabineros con metralletas y armas, controlando vehículos, hostigando a las personas y “cuidando nuestro bienestar social, velando por nuestra tranquilidad”.
Hace años también que escucho disparos todas las semanas, que reparo en que ha crecido sustancialmente el tráfico no sólo de drogas, sino que también aumenta con fuerza desmedida el tráfico de armas.
Esas noches que escucho los disparos me pregunto que estarán haciendo en ese preciso momento aquellos hostigosos uniformados, que con su soberbia, te revisan el auto y hasta los bolsillos en busca de algo ilegal. Me pregunto si entrarán a los pasajes a intentar controlar algo, calmar los ánimos como mínimo, encendiendo las sirenas. Siempre escucho de vecinas y vecinos, que el gesto es simple, se resguardan en sus autos, hasta que se detenga el festival de balazos, y en algunas ocasiones, se alejan para resguardar su integridad.
Entonces, me vuelvo a cuestionar, qué sentido tiene tenerlos ahí, apuntando con su casi arsenal de guerra, deteniendo vehículos y revisando a cada persona, que entra y sale de la legua. Me pregunto si quien planificó algún día esta intervención, de ya 15 años, preguntó a los vecinos sobre sus necesidades, sus inquietudes y falencias en su diario vivir no sólo en la emergencia, sino en la legua vieja y nueva.
Probablemente, nunca preguntaron a nadie que queríamos, sino que una vez más, nos impusieron una política de estado, una vez más sin nosotros. Una vez más la legua sale en las noticias, y evidentemente, no es para mostrar el trabajo que desarrollamos decenas de organizaciones en la legua, no son los clubes deportivos, ni las organizaciones culturales, folclóricas, sociales o políticas. Una vez más es la violencia, una vez más son las balas o las lacrimógenas y algún/a vecino/a afectado. Una vez más es la excesiva violencia por parte de Carabineros, que también muestra el peor rostro de nuestro sistema y nuestra población; los pobres, estamos condenados a ser pobres, a vivir insertos en un clima hostil, donde nuestros niños y niñas crecen con carabineros apuntándole sus armas, que tiene crecer en un entorno rodeado de drogas, armas, que en algún punto de la vida parecen seducir a quien no posee otra arma para combatir la pobreza socioeconómica.
Claramente, llevan 15 años perdiendo recursos, malgastando esfuerzos valiosos por mejorar la situación de la legua, y lograr calmar la violencia no sólo de armas, sino la violencia social, política y económica, que hoy nos estigmatiza y nos pone en los hombros la mochila de ser una de las poblaciones más peligrosas del país. Es difícil lograr lo que hoy piden muchos, “paz en la legua”, porque mientras no haya una justicia social verdadera, que permita una igualdad de condiciones y equidad no sólo en el ingreso económico, sino de manera integral, tendremos violencia de todas formas, con distintas expresiones, pero violencia al fin y al cabo. Pero por algo hay que empezar, que el Estado responda a su rol garante de derechos, que se plantee una real intervención, que permita una oferta tan tentadora como la droga y las armas, y por supuesto, que se vayan los pacos de la legua, que han generado un ambiente más hostil y más violento del existente.

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