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Aquellos que hemos crecido en barrios apartados, precarizados, criminalizados y apuntados con el dedo una y otra vez por los medios de comunicación, el Estado y la sociedad en general, hemos desarrollado diversos sentimientos a partir de nuestro contexto y realidad; pena, angustia, impotencia, y un largo etcétera. Sin embargo, en estos escenarios donde hemos aprendido a convivir con la carencia, hemos logrado desarrollar habilidades no menores; la solidaridad, la empatía, la unión, la capacidad de organizarnos son sólo algunas de ellas. Todas estas habilidades e inclusive los primeros sentimientos descritos, han surgido desde la rabia social acumulada por años de injusticias. Esa rabia social que se materializa y visualiza de cada tanto en tanto en los noticieros, con marchas contra las pensiones, la educación, en los sindicatos contra la precariedad laboral, contra la represión policial en la Araucanía, y así, si nos damos una vuelta en las redes sociales, veremos cómo esa rabia crece como maleza. Pero, ¿qué pasa con nuestros barrios? ¿Cómo hemos canalizado esa rabia para hacerla carne?, más allá de manifestarla a modo personal a través de las redes sociales, o comentarlas cuando se mira el noticiero.
Y es que aquellos que han intentado reventar la rueda, y nos han hecho cuestionar y poner en el debate el eventual abuso a ciertos servicios básicos no de consumo, generalmente se encuentran ligados a estos mismos, y además, suelen organizarse y desplazarse en espacios más politizados, como sindicatos, asociaciones gremiales, y estudiantes tantos secundarios como universitarios, a través de marchas masivas que luego, podemos revivirlas una y otra vez en la televisión y medios digitales.
Inclusive en estas formas de organización y de lucha, han dejado al margen al poblador y pobladora, en su condición meramente de espectador de los distintos movimientos. Por tanto es fundamental, que aquellos que hoy han aprendido a levantar organizaciones –estudiantiles, movimientos políticos, gremiales, etc- se encaminen hacia las poblaciones y busquen vincularse desde donde se pasan miserias en el diario vivir.
Hoy, parece interesante, y mucho menos vendible, aquellos que han transformado la rabia social y el descontento en cariño, amor y compromiso social. No a través de grupos y movimientos que se movilizan en las grandes calles céntricas, sino que en grupos más pequeños, que se mueven en sus mismos barrios, ocupando los espacios públicos, las sedes comunitarias, las calles y que a través de los comités de allegados, mejoramientos de viviendas, de la educación, danza, arte, cultura, del deporte, de la organización a pequeña escala, han movilizado también a cientos y cientos de personas, de manera silenciosa y con menos parafernalia. De igual forma, también han movilizado esa rabia contenida, dirigiéndola hacia la construcción de un futuro mejor, que se persigue con la llama encendida, con esperanza y amor.

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