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Por: Daniel Antileo

Chile se paraliza. La selección de fútbol masculina moviliza todos los tejidos de nuestra sociedad. La gente se empuja en el metro. En la micro los trabajadores, trabajadoras y estudiantes buscan llegar antes a sus casas. Se siente un nerviosismo y la sensación de ansías se respira. En el transcurso del encuentro deportivo Chile desaparece. No existe alma caminando en las calles hasta el pitazo final, que aparecen como su surgieran desde la tierra. Si el resultado es positivo, miles de chilenos con banderas rojas y sus camisetas festejan como si se acabara el mundo en el punto neurálgico de la capital; Plaza Italia, el mismo lugar, que hoy sirve de referencia para identificar drásticamente nuestras diferencias sociales y de clase.
Hoy, ante el resultado del fallo de la Haya por la demanda marítima de nuestro país vecino, bastó dar un recorrido por las redes sociales en los principales diarios digitales en sus páginas de facebook, para notar un aire de patriotismo que se exacerbaba a medidas que pasaban las horas. Mensajes denostando a Bolivianos, insultos, palabras de menosprecio, y ya el tan habitual meme, que juega un rol de risa, pero que en ciertos casos, resulta ser más ofensivo, inclusive, que las palabras.
No quiero entrar en el detalle de lo que pasó hoy en la Haya. Para eso está la prensa sensacionalista y sus mensajes entre líneas. Quiero más bien, leer entre líneas no sólo ante situación, sino ante varias que me hacen reflexionar sobre qué clase de país somos y hasta qué punto el chileno es patriota.
Para no dejar espacios a las dudas, según la RAE, el (la) patriota se define como: «Persona que tiene amor a su patria y procura todo su bien.».
Hasta hoy, los gestos patriotas parecen vislumbrase en ocasiones más bien mediáticas y predispuesto por los medios de comunicación para ejercer una reacción en la sociedad. Y ha dado buenos resultados -para los que venden-. Sin embargo, no hay un hilo conductor que nos permita concluir que el chileno es patriota. Sino que pareciese, que promovido por los mensajes unilaterales que nos venden los medios de comunicaciones, reacciones tal cual cómo ellos lo pensaban.
Sin ir más lejos, el patriota «procura todo su bien» para el país, pues resulta contradictorio ver a familias enteras haciendo de sus fin de semanas, un desfile eterno por los malls. Espacios que responden a transnacionales, llenos de tiendas con marcas y nombres extranjeras y que parecen no demostrar en ningún rincón una muestra de ese «chilenismo».
Otro ejemplo. Las riquezas de Chile, están mayoritariamente en manos de empresas y dueños extranjeros. Ya son conocidos los nombres como Horst paulmann, Solari, Rosenblut, Angelini, Luksic, Saieh, entre otros. En ninguno de los casos, o por lo menos de oído, podemos encontrar un apellido criollo. Los servicios básicos como agua y luz, también se encuentran en manos extranjeras. Los dueños y acciones de las AFP, -sí, aquellas empresas macabras que juegan con nuestros ahorros para generar ganancias y entregarnos una pensión miserable- también responden a intereses extranjeros. Y al parecer, ante esto, muy pocos se horrorizan.
En otro aspecto, durante el 2018, el último catastro de realizado por Techo-Chile, arrojó un paupérrimo resultado y nos restregó en la cara aquello que los jaguares de latinoamérica, no nos gusta escuchar. 40.501 familias viven en campamentos, aumentando considerablemente dichos asentamientos en el año 2017, llegando a un total de 702 en todo el país. Lo que viene es peor. Desde el año 2011, 14 mil familias han ingresado a campamentos. Y esto, parece no inmutarnos.
Otro dato. La CASEN 2017, que muestra un estancamiento en los índices de pobreza, con una tasa de 8,6%, que en cifras mas concretas, corresponde a un total de 1.528.284 personas en situación de pobreza. Si bien esto se mantiene respecto al estudio anterior, la distribución del ingreso nos tira un balde de agua, pues se estableció mayor desigualdad entre los ingresos del trabajo del 20% mas rico (quintil V) con respecto al 20% más pobre (quintil I). Estos resultados, que vieron la luz este año, al parecer tampoco movilizaron a los chilenos para levantar banderas y reventar las redes sociales.
Podría continuar con un sin fin de elementos que hoy condicionan nuestra vida, pero este ejercicio buscaba cuestionar más bien aquellos mensajes efervescentes que surgen desde el patriotismo. Sin embargo, algo queda claro, en este trozo de tierra (probablemente en otras también) los patriotas reaccionan y reaparecen sólo en las «victorias» -simbólicas para el pueblo, por cierto», mientras que en las derrotas -que generalmente son mayoría- nos tapamos los oídos, nos vendamos los ojos, y hacemos vista gorda para no desdeñar la imagen de los jaguares de Sudamérica.

Este artículo, no busca de ninguna forma hacer una apología al patriotismo, ni tampoco pretende conducir a potenciar los actos de tal. Sino más bien, busca cuestionar los comportamientos propios de la idiosincrasia chilena, mediante una comparación en distintas situaciones, de victorias simbólicas y derrotas lapidarias.

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